viernes, febrero 15, 2013

Sad beautiful tragic love affair

No he aprendido –a pesar de todo el tiempo que ha pasado– a cocinar utilizando las cantidades exactas. O me paso o no llego. De hecho, he de confesar, la mayoría de los días termino comprando comida pre-cocinada en el Mercadona de la esquina. Casi toda me resulta insípida. Pero las lasañas están bien, aunque me queme constantemente por ser una impaciente. No es que lleve una dieta saludable que digamos, pero mi ritmo de vida últimamente no ha sido muy ejemplar. Otra de las cosas que no he aprendido a hacer es a tender la ropa. Ahora me parece algo tan extremadamente aburrido... He pensado en comprarme una secadora, pero siento que serían demasiados cambios. Novedades que no puedo permitirme, no tan pronto. Tampoco consigo ver películas: todas las sinopsis me recuerdan a lo mismo. El sofá me resulta demasiado amplio. Las palomitas se me antojan repugnantemente saladas. No consigo dormir en mi habitación; suelo despertarme por las mañanas en el sofá, con la televisión encendida y el sabor del vodka en los labios. Me abstendré a hablar sobre el estado del piso en general. Nunca estuvo tan inhabitable. De todas formas, sigo viva. ¿No?

Al parecer, y esto lo resumirá todo brevemente, no me he adaptado a estar sola. Ya son varias las personas que me han animado a buscar algún compañero de piso (porque, seamos realistas, no sé cuánto tiempo podré afrontar todos los gastos yo sola). Dicen que me vendría bien algo de compañía, que no me hace bien la soledad. Yo creo que no saben lo que dicen. He estado sola durante toda mi vida, ¿por qué no podría sobrellevarlo ahora? Y para colmo, mamá llamó anoche. Que si quería pasar unos días en casa, dijo. Como si pudiera llamar "casa" a algún sitio a día de hoy. Sé que se preocupa, como a todos les ha dado por hacer ahora. No es que se lo reproche, al menos no a nadie que no sea yo, pero quizá deberían haberlo hecho mucho antes. Ahora ya no tiene sentido. He caído en una rutina vacía y monótona, todo lo que dije que no quería volver a hacer. Y si soy feliz o no parece una pregunta irrelevante. No por la posible obviedad de la respuesta, sino por el hecho de que no me interesa preguntármelo.

Te escribo única y exclusivamente porque me lo pediste. "No te olvides de enviarme algún e-mail, Merr. Cuéntame cómo te va". Pues bien, aquí lo tienes.

Te dejo. La lasaña se enfría.

Cuida de todos.

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