sábado, marzo 02, 2013

Historia de estrellas

Era tímida. De las que ni siquiera murmuran un 'gracias' cuando alguien les hace un cumplido, y por ese motivo algunos llegaron a pensar que era algo arrogante. Le gustaba permanecer callada mientras los otros hablaban y hablaban. Y si debía tratar algún tema con alguien, solo con los que le agradaban. Las miradas, en silencio. El chocolate, caliente. El regaliz, rojo. Los libros, en papel. Y la vida, en forma de palabras.

Era eléctrico. Al menos, eso había pensado ella cuando lo vio. Que una energía salía de entre cada una de sus pestañas y la sacudía sin reparo. Y aún así, no podía apartar la mirada. No podía. Era eléctrico, y todos lo veían. Era tan eléctrico que le dio vértigo. Pero cuanto más eléctrico se volvía, más hipnotizante resultaba. Pasó mucho tiempo vagando alrededor, como un náufrago sin saber del todo si nadar hacia el faro o hundirse en el océano, hasta que fue inevitable perderse en la explosión de luz. Mas contra todo pronóstico, su vista permaneció completamente intacta. Una vez lo alcanzó, la energía dejó de generarse con tanta violencia. Y entonces comprendió. Que la luz no se veía desde el lugar en el que se había adentrado; allí sólo había paz, calma, sombras que se reían de los espejismos del exterior. Por algún motivo, se sintió dulcemente cómoda.

Eran extraordinarios. Seguían los mismos pasos de siempre, nada había cambiado. Nunca fueron estrellas, pero brillaron sin cesar. Y cuando no había nadie más, ella no era tan tímida, él no era tan eléctrico. Una mirada para llegar a entender lo que la voz no le permitía.

Ha pasado mucho tiempo y, sin duda, todo sigue igual. Siguen sin apagarse, probablemente nunca lo hagan. Poco importa el tiempo: si no son estrellas, nadie puede obligarles a dejar de brillar.

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