viernes, septiembre 07, 2018

Persistes

Me hablan de ti, como de cualquier cosa,
y sus ojos me observan con curiosidad.
Una reacción, la más mínima perturbación.
Eso les complacería, de alguna forma macabra.
Nada. No hay nada.

Te mencionan, otra vez,
y sus ojos siguen observándome.
Les devuelvo la mirada
y casi puedo leer en sus rostros,
«¿duele?».

Y no respondo.
La respuesta está servida.
miércoles, abril 25, 2018

Sin pájaros

Sueño que eres feliz. Que todas esas melodías que creías lejanas ahora te rodean cada día. Que unos dedos cuidadosos te acarician el pelo cada mañana, y despiertas así, entre caricias. Te sueño tan feliz que casi ni te acuerdas de aquellas noches que no pudiste dormir por todos esos pájaros que habitaban nuestras cabezas. ¿Pero te acuerdas? De mí. Tal vez no. O tal vez sí; y ojalá mi recuerdo permanezca, pero tampoco demasiado, solo un poquito, lo suficiente para que me sueñes, y que me sueñes como me sentía el resto de noches que tampoco dormimos, pero en las que todo estaba bien y todavía me tenías allí. Feliz.
miércoles, marzo 22, 2017

Hoy le hablé de ti

Aunque no me extendí demasiado. Más bien breve, sin muchos detalles, lo justo y necesario para entendernos. Hoy, que puedo hablar de ello sin dolor, o rencor, le he contado todo lo que llevaba años callando. No sé si me siento mejor, hace tiempo que dejaste de escocer, pero saber que le he confiado los días que tú y yo compartimos juntos me hace pensar dos cosas.

La primera: que puedo hablar con él de cualquier cosa. Tu nombre siempre ha sido una de esas palabras que cuestan pronunciar, de esas que se traban en algún punto entre la lengua y el paladar, pero hoy, por algún motivo, ha salido de mi boca con toda facilidad. Y, si te soy sincera, es agradable al fin tener a tu lado a alguien con quien poder hablar de tu pasado sin miedo a que te juzgue, que tan solo escuche —porque de veras quiera escuchar— y no suelte tu mano en ningún momento de la narración.

La segunda: que te has esfumado. Del todo. A ratos incluso me costaba evocar ese recuerdo que intentaba mantener en mi cabeza, el tuyo, el de lo que fuiste. Y no te miento: me da pena, como si hubiera perdido algo que era muy valioso. Aunque no se me olvida que fuiste tú quien lo desvalorizó por completo.

Al menos, todavía conservo un último recuerdo: el nuestro, el de lo que fuimos. Hoy, es suficiente.


martes, enero 03, 2017

La Chica del Páramo


Hace siete meses que sueño con la Chica del Páramo.

Nuestros encuentros, si me permite que los llame así, no se producen todas las noches, pero desde luego su recuerdo permanece en mi mente durante días. Siempre transcurren igual: sin saber muy bien cómo, descubro que estoy en medio de un lugar completamente desamparado; a veces pienso que es una ciénaga, otras una pradera, depende de la gama cromática que mi subconsciente decida elegir para ese día. No importa si dentro de ese sueño los colores que me envuelven son más cálidos o más fríos, porque los siento igual de vacíos, igual de desolados. Estoy en un páramo, pero no soy la única, ni su dueña.

La Chica del Páramo, tarde o temprano, aparece. Tiene el pelo brillante, tan brillante que no sé si es castaño claro, o rubio, o blanco puro, y lleva un camisón que le llega por encima de la rodilla. Se desliza —o levita, no estoy segura— con parsimonia, aunque sus movimientos no llegan a resultar demasiado lentos. Nunca la he escuchado hablar y ya me gusta su voz. Nunca le he visto la cara y ya sé que es hermosa.

Suelo observarla desde la distancia y nunca me atrevo a acercarme demasiado. Tal vez le parezca extraño mi comportamiento, pero no se lleve una mala impresión, no lo hago con ningún tipo de mala intención. Observándola, he encontrado algo similar a la fascinación. Y le aseguro que en toda mi vida nada me había fascinado lo más mínimo.

Ella nunca me ve. Al menos, eso prefiero creer. No quiero que sepa que me gusta observarla, como si yo de algún modo invadiera su calma, o incluso la acosara. ¡Imagínese! La de cosas que ella podría llegar a pensar. La de cosas que yo no podría dejar de pensar. Ni hablar, sería una pésima carta de presentación, y si ese momento llega alguna vez, el de presentarnos, no puede surgir de una incomodidad.

Resulta curioso cómo, en un lugar tan vacío, una sola imagen pueda hacerle sentir a una tan llena. Me he permitido comprobarlo en varias ocasiones: si aparto la vista hacia otro rincón del páramo, la sensación de soledad vuelve a invadirme con gran pesar; no obstante, en cuanto vuelvo mi mirada hacia ella, recupero el aliento de forma inmediata, como si la Chica del Páramo fuera capaz de controlar mi respiración y mi cuerpo a su antojo. Y me siento así, una marioneta en sus manos, una pobre infeliz que sin planearlo ha acabado en su reino encantado, un reino en forma de páramo.

A veces me pregunto si ha habido otras personas antes que yo, o si las sigue habiendo. Puede que durante esas noches que no consigo encontrarlos —ni a ella ni a su páramo— en ningún lugar de mi subconsciente, otros la visiten, la observen como yo lo hago y se sientan igual de fascinados. Confieso que ese pensamiento hace que algo en mi interior arda de celos, y no pocas noches me ha sacado de la cama tras haberme arrebatado del todo el sueño. Y me encuentro sola en mi propio páramo, con una taza de café en la mano y un enfado que no deja de ser sino una simple rabieta infantil, un enojo innecesario ante la ausencia de un mero producto de mi imaginación.

¿Eso es la Chica del Páramo? Un espejismo, una ilusión. Una proyección onírica de algo que me gustaría tener, pero no. Una chica que no es solo una chica, sino la Chica, la que me espera de noche en su silencioso páramo y me refugia de las atrocidades del mío.

Hace siete meses que despertar ya no resulta tan pesado, no si sé que pronto, cuando termine de afrontar el nuevo día y llegue la noche, volveré a ver a la Chica del Páramo.
lunes, noviembre 21, 2016

Nada se compara a esto

Llevo mucho tiempo echando de menos las intensas emociones que me asaltaban cuando era una enana, el tipo de emociones que me robaban el aliento aunque no me diera cuenta, esas que no avisaban. Echo de menos las mañanas de Navidad, cuando me sentía incapaz de continuar durmiendo más horas si sabía que me esperaban mis regalos bajo el árbol. Las sábanas lejos, la ilusión cerca. O lo increíblemente feliz que me podía hacer que me compraran una simple bolsa llena de chucherías en el kiosco de la esquina a la salida del colegio. He perdido esa clase de emociones, se esfumaron hace tiempo, ya no las siento. Ojalá volver a ser niña; ignorar la vida y tan solo exprimirla. Tan fácil.

También echo de menos el atolondramiento del amor adolescente. Pasar los días imaginando situaciones con los mismos protagonistas, consciente de que esas escenas no iban a suceder jamás. Pasar las noches recordando cada mirada, escuchando canciones pop que hablaban de ese «nosotros» que nunca llegó a ser. El cosquilleo en la barriga, unas palabras bonitas. Tan fácil.

He pasado tanto tiempo echando de menos la facilidad con la que antes sentía que no me he dado cuenta de todo lo que he aprendido a sentir. Porque no ha sido fácil, y ahora me doy cuenta. Porque ahora sé que, si hubiera sido fácil, no lo habría sentido así. Tan dentro.

Y hoy me despierto, justo después de haber estado soñando contigo. Y ahí estás, abrazándome. Y me doy cuenta de que es exactamente como ha de ser, como quiero que sea, como siempre soñé que fuera. De pronto se me olvida todo lo que algún día pude sentir, porque nada se compara a esto, y no sé cómo te lo voy a decir.

Pero lo hago, y sonríes. Tan feliz.


miércoles, abril 20, 2016

I'm already gone

No voy a decir una de esas típicas frases que dice todo el mundo. Cuánto tiempo ha pasado, te veo genial, a ver si nos vemos más. No hace falta que las diga. Tú ya sabes que lo pienso. Y yo espero que lo pienses. Porque, por Dios, ¡cuánto tiempo ha pasado! Y te miro y es que te veo genial, de verdad. Y ojalá, ojalá nos veamos más.

¿Cómo estás? Quiero saberlo todo. ¿Qué has vivido? ¿Qué has sentido? ¿Qué has aprendido? Dime qué has aprendido. Dímelo sin que tenga que preguntártelo, como hacías cada una de esas tardes en aquella diminuta habitación, con ceniza en los dedos y un vaso en la mano.

¿Cómo estoy? Bien. No, en serio. Estoy bien. Hay días en los que incluso estoy muy bien. No siempre he podido dar esta respuesta, pero es la que tengo ahora. Sé que te alegrarás cuando te lo diga. Aunque primero deja que ordene todas estas frases y no sean tan solo palabras sueltas cuando abra la boca. Te reirías si lo supieras. Siempre te ha hecho gracia que quiera decir todo a la vez, que mi mente funcione más rápido que mi lengua.

Podría hablarte de muchas cosas, pero lo más seguro es que me vaya sin haberte dicho nada. ¿Y tú? ¿De qué me hablarás? Podrías hablarme de lo que vas a hacer mañana o de lo que vas a hacer dentro de cinco años o al menos de lo que te gustaría hacer. Eso me vale. Podrías hablarme de tu último viaje o de la última canción a la que te has enganchado o de ese póster medio roto que tenías colgado en una esquina de tu cuarto. ¿Todavía está ahí? Seguro que todavía está ahí. Podrías hablarme de tus amigos, sé que han cambiado. Hay mucho que ha cambiado. Yo he cambiado. ¿Y tú? Podrías hablarme de ella. ¿Me hablarás de ella? Yo podría hablarte de él. Y al final seguro que nos vamos sin habernos dicho nada.
viernes, enero 29, 2016

Fuego



Sometimes I hope that fire of yours is burning you out.
Such a shame you ran away from the ocean.
martes, septiembre 01, 2015

Agua


Me relaja observar el agua. Siempre está en movimiento, nunca se detiene. Ni siquiera cuando ningún bote cruza el río, ni cuando el viento desaparece y no mueve la superficie. Nada la detiene. Supongo que me gustaría ser agua, aunque siempre he sido fuego, y siempre he tenido miedo de consumirme. Sin incorporarme, todavía apoyada en la barandilla, giro la cabeza hacia él. Está mirando el río fijamente. Y algo en sus ojos hace que, en ese instante, lo comprenda. Porque Stiles es agua, y yo me muero de sed.
jueves, junio 11, 2015

Exploradores


No me gusta decir que me perdiste, me suena demasiado dramático, y no me apetece hacer de esto algo parecido a una obra teatral. Tampoco me gusta decirlo porque suena a que me tuviste, como si yo te hubiera pertenecido de algún modo y en un momento determinado hubiera dejado de hacerlo. Creo que ni es tan trágico, ni tan enrevesado. Digamos, simplemente, que pasé de buscarte a encontrarte, porque te encontré, y descubrí de golpe que la búsqueda había sido mucho más enriquecedora que el hallazgo final.
miércoles, junio 10, 2015

Y yo qué sé


Te he recordado mientras arreglaba la estantería esta mañana. No es que sea muy romántico, pero seamos honestos, nunca lo fuimos. Aunque tuvimos nuestro castillo; tú fuiste un verdadero rey, y yo algo así como la princesa de China. Y sé que hay muchas cosas que quedaron por hacer, pero siento que no importa si mantenemos vivas las que sí llegamos a cumplir, que no fueron pocas. Me reconforta saber que siempre tendremos esa canción, esas llamadas, ese beso a las doce treinta.

Espero que me recuerdes como una disparatada tarde de verano, como un chute de adrenalina que ni siquiera recuerdas de dónde llegó. Realmente eso es lo de menos.

Y ojalá me recuerdes.
sábado, mayo 16, 2015

El tarro de cristal

Papá siempre guardaba las galletas en el mismo tarro de cristal. Cuando apenas tenía cinco años, me ponía de puntillas frente al armario de la cocina y me estiraba, con mucho empeño y esfuerzo, todo lo que mis torpes extremidades me permitían con tal de alcanzarlo. Rara vez conseguía que mis dedos lograran siquiera rozar el tarro de cristal, pero no por ello dejé de intentarlo siempre que me apetecía devorar unas cuantas de aquellas galletas. Casi sin hacer ruido, mamá aparecía en el umbral de la puerta, me observaba con una sonrisa divertida y se acercaba para darme un par de galletas ella misma. Y aunque he de confesar que yo las recibía encantado, una parte de mí las aceptaba a regañadientes, como si tras correr un largo maratón, apenas a unos metros de la meta, alguien me hubiera recogido en una carretilla y me hubiera llevado hasta el final.

Lo extraordinario del suceso del tarro de cristal no residía en mi afán por hacerme con las galletas sin ayuda de nadie más, sino en algo mucho más simbólico, pues el tarro era en sí mismo un símbolo, prácticamente una alegoría. El tarro se encontraba allí desde mucho antes de mi llegada, como un guardián silencioso a través del tiempo, y así continúa siendo a día de hoy. Nadie sabía con exactitud en qué momento había llegado para desempeñar su papel, pero nadie imaginaba que este pudiera ser ocupado por ningún otro objeto. (Puede, sin duda, que haya exagerado un poco este punto de nuestra historia, pues estoy seguro de que mamá recordará perfectamente el lugar donde compró el tarro de cristal y, en especial, el precio que tuvo que pagar por él. ¿Pero no les parece más mágico pensar que nadie conocía su procedencia? Como esos misteriosos individuos con los que uno se cruza en la biblioteca o en la boca del metro, toda esa gente desconocida de la que no sabemos nada y de la que otros lo saben todo. ¿No es el desconocimiento lo que vuelve mágicas algunas de las cosas que nos rodean?). En su interior, las galletas aguardaban su momento, apiladas en tres montones que, aunque nunca logré entender muy bien cómo lo podían hacer, se ajustaban perfectamente a la forma ovalada del frasco. No solían romperse más que las galletas que sufrían la terrible condena de ocupar el último lugar. A menudo permanecían allí durante semanas, olvidadas en el fondo y siendo aplastadas una y otra vez por nuevas galletas. A papá le gustaban tanto que se encargaba de que el tarro estuviera siempre lleno. A decir verdad, por más que trato de acordarme, no recuerdo haberlo visto vacío en toda mi vida.


Puedo decir con toda seguridad que lo único que ha permanecido presente siempre en esta casa ha sido el tarro de cristal. Abro hoy el armario de la cocina y ahí está, una vez más, sin decepciones: la tapa de color marrón oscuro encima, las galletas apiladas en el interior. Papá ya no está, pero el tarro sí. Y las galletas. Recuerdo que le gustaba partirlas en cinco trozos desiguales para, a continuación, machacarlas todavía más en el interior de su taza de café. Creaba una masa pastosa que a él le pirraba saborear cada mañana, pero que revolvía los estómagos de todos los que teníamos ocasión de observar el vaso de cerca. Reconozco que a veces me he planteado probarlo, seguir el procedimiento matutino de papá y descubrir qué tenía ese dichoso y sospechoso desayuno para conseguir que aquel hombre se negara rotundamente a cambiar de rutina y comenzara cada día con aquella taza. Y del mismo modo reconozco que he sido totalmente incapaz de hacerlo, pues la sola idea de intentarlo acaba con todo mi apetito.

En toda casa que se precie hay un tarro de cristal. Y con esto no tengo por qué referirme a un tarro de cristal per se, sino a ese objeto inanimado que desafía el paso del tiempo y acompaña a los habitantes de un hogar cada día de sus vidas. Puede ser un viejo escobero, un reloj de cuco (¿no les encantan los relojes de cuco? ¿O más bien les aterran? Confieso que cada vez que visitaba a mis tíos, observaba el viejo reloj de cuco del salón y cruzaba los dedos a mi espalda, rezándole a Dios para que no diera la hora hasta que yo me hubiera marchado) o un simple perchero. Todos ellos pasan inadvertidos a nuestros ojos, acostumbrados a verlos día tras día. Y un buen día, uno se da cuenta, los reconoce como lo que son: ese símbolo de inmortalidad, que horroriza y reconforta, así, tan contradictorio como suena.
jueves, mayo 14, 2015

Tengo ganas de ser aire y me respires para siempre


Su pelo es el tipo de pelo que quieres acariciar hasta que la noche deje de ser noche. Del tipo de pelo con el que sabes que soñarás durante las próximas veintisiete madrugadas. Suave, fino, brillante. Por no hablar del atractivo abismo que encuentras en sus ojos. Del tipo de abismo en el que sueñas con caer, de los de «absórbeme lento». Las miradas se encuentran. Y cuando los labios se entreabren, ¿qué queda por decir?
miércoles, abril 08, 2015

A contracorriente


Tarde o temprano, llega. Ese punto de inflexión, el momento en que la lucidez se apodera al fin de nosotros. ¿O nosotros de ella? Y lo ves, y lo comprendes. Puede que hasta siempre lo hubieras hecho, pero nunca te atreviste a creerlo del todo. Nada es eterno. Ahora lo sabes. Al igual que sabes que es precisamente esa fugacidad lo que valoriza el más triste soplo de viento. No importa durante cuánto, sino cómo, con cuánta intensidad, con cuántas sonrisas.

Ahora lo sé. Estamos subidos, todos nosotros, a un tren sin parada, saltando de vagón en vagón como si nos fuese la vida en ello; a veces corriendo sobre las vías, a veces flotando por encima del humo, dejando atrás el suelo. Me he pasado los últimos tres meses hablándote de esto, ya casi no veo los vagones, y me quedo sin aire. Así que espero que no me juzgues demasiado si dejo que me cojas de la mano y que me digas que saltemos al siguiente, porque hoy me he despertado con unas irremediables ganas de ser efímera. Como un tren en medio del océano, a contracorriente.
martes, marzo 03, 2015

Sé


—Que todo se me fue, y vuelvo a ser la rara.
sábado, febrero 14, 2015

All this bad blood here, won't you let it dry?


¿Quién le arranca las flechas que solo provocan dolor a aquel encargado de quitárselas al resto?
lunes, febrero 09, 2015

Corazones humanos


—¡Arráncamelo! —exclama de pronto—. ¡No puedo más, es insoportable! No lo aguanto, se escapa a mi control. No soporto la forma en la que bombea aceleradamente con tu recuerdo. O sentir cómo se encoge cada vez que alguien pronuncia tu nombre. ¡Ya no lo quiero, ten! ¡Tíralo donde quieras! Porque tampoco pienso convertirme en una de esas personas que lo guardan en un frasco de cristal y lo llevan consigo a todas partes, mostrándolo, exhibiéndolo como un trofeo. Y casi parecen gritar: 

«¡Mira, lo tengo aquí guardado,
así que trátame con cuidado
y no hagas que se estampe contra el suelo...!».

Qué más da que se haga añicos,
si cada vez que lo miro
ardo más en tus infiernos.
domingo, enero 25, 2015

Monique

Monique lleva el pelo muy corto, pero no tanto como para que la confundan con un chico; flequillo recto y un par de mechones recogidos con una horquilla. Su madre tiene un gusto exquisito para la ropa, así que siempre va vestida con preciosos jerseys de lana, minifaldas de colores y calcetines hasta las rodillas. Sus ojos son del color del café, ese que todos los adultos toman por las mañanas antes de irse a trabajar y les da la suficiente energía para afrontar cada día. Por eso, para ella, Monique es como el café. Porque tiene exactamente ese efecto; por mucho que sean las ocho de la mañana, su solo recuerdo aleja todo rastro de sueño de su cuerpo y le hace darse prisa para llegar con tiempo de poder verla.

Monique va a Tercero B, la clase de al lado. ¡Y vaya usted a saber por qué no le tocó estar en el grupo A, con ella! Aunque jamás hayan compartido una sola clase juntas, está acostumbrada a verla a diario. A primera hora se queda rezagada para ver llegar a Monique con su mamá, y al acabar siempre es la primera en recoger y salir del aula a toda prisa para decirle adiós con la mano. Recuerda su primer día de escuela, los nervios y el miedo de pasar tanto tiempo fuera de casa. Pero sobre todo recuerda a Monique, cerrando su paraguas rojo, mirándose los zapatos mojados por la lluvia. Ella se acercó y le prestó su pañuelo para que pudiera limpiárselos. Hacía mucho frío en París y Monique no podía pasarse el día con los pies mojados. Se hubiera resfriado. Y ella no se lo hubiera perdonado.

A los niños de su clase les gusta correr tras las niñas en el patio y jugar a darse besos. Una vez Antoine casi llegó a besar a Monique, pero esta se deshizo de él con un encantador «no podemos besarnos porque no somos novios y solo los novios se pueden dar besos». Ella a veces se pregunta cómo sería besar a Monique. Correr tras ella por los jardines, atrapar la manga de su jersey y obligarla a detenerse. Quizá se acercaría un poquito primero, para ver hasta dónde alcanza el castaño de sus ojos, y luego alargaría la mano para pasar el pulgar sobre los labios de Monique. Seguro que son suaves, y cálidos. Ustedes no entienden la importancia de que sean cálidos porque no han vivido un invierno en París. ¿Cómo sería sentirlos contra sus propios labios? La sola idea le produce un cosquilleo en el estómago.

Una tarde le habló a su nana de Monique, sin escatimar en detalles. Le dijo, incluso, que le gustaría besarla. Pero la nana la reprendió y le dijo que eso no estaba bien, que las niñas se besaban con niños. ¡Pero ella, como ya saben, no quiere besar a ningún niño de su clase! ¡A ella solo le interesa saber cómo es besar a Monique!

Por eso sigue dándose prisa por llegar pronto a la escuela, haga frío, llueva o nieve. Por eso continúa llevando su pañuelo bien guardado en su bolsillo; quizá Monique vuelva a necesitarlo.
jueves, enero 22, 2015

Another map of my head


How can you wake up every morning and face the world? How can you live with all these pictures, ideas, sounds, feelings in your soul? It's exhausting. It's mad. So I hope it's worthy.
miércoles, enero 21, 2015

Cupid's demanding back his arrow

Cupido no fue el dios más valorado en la época romana. Ni siquiera lo es a día de hoy. Cupido piensa que cualquiera de los otros dioses ha sabido cumplir mejor con su cometido y se castiga en silencio por todos los horrores que sus flechas han provocado. Su tarea es ardua, mucho más de lo que se tiende a pensar. Y más que una tarea, con el tiempo, se ha ido convirtiendo en una pesada carga. La tremenda responsabilidad de ser el arquero causante de numerosas tragedias. Cupido observa desde la lejanía los efectos de sus flechas y se pregunta qué sentido tiene todo lo que hace. ¿Se les ha preguntado a los mortales si desean o no la visita de Cupido en su efímera existencia?

Nadie sabe que Cupido tiene miedo de sus propias flechas. Conoce bien su poder. Ha visto toda la ruina que dejan a su paso. Por eso sostiene cada flecha con cuidado. Tensa el arco despacio, inspirando profundamente, y la deja ir con angustia, como quien corta la cabeza a un sentenciado. No se libra de un peso al verla volar, sino que carga con él a partir del momento en que la suelta. Y Cupido desaparece de la escena, sin mirar atrás, en parte por temor a ver el inicio de otra de las catástrofes de las que se siente enormemente culpable.

A veces, Cupido sueña con remediar todo el daño que ha causado. Porque la idea de que no todo está perdido alivia su angustia, aunque tan solo sea un poco. Imagina que vuela sobre cada uno de los mortales a los que ha disparado alguna vez y les pide que le devuelvan sus flechas. No se imagina cómo sería pedirles perdón, pues Cupido en realidad teme más la ira de los mortales que la ira de los dioses. Los primeros sí tienen motivos para odiarlo. Pedirles perdón significaría revelarles que, en efecto, ha sido él el único responsable de toda su desdicha. Y puede que Cupido, al fin y al cabo, tan solo sea un cobarde alado con un arco.
lunes, enero 12, 2015

"Love is stupid monkeys dancing in a slapstick hurricane"


Quizá y sí es solo que tengo demasiadas cosas en la cabeza, pero quizá también resulta que es en estos momentos cuando mejor lo veo todo. Instantes caóticos generan perspectivas y visiones acertadas. El caso es que no puedo sacarme de la cabeza el hecho de que el amor mueve las cosas. Mueve el mundo, dicen algunos. De un modo positivo, de un modo negativo, ambos a la vez. Pero lo mueve, nos mueve. Nos llena de una brutal energía y nos corrompe a infinitos niveles. El amor nos transforma, saca partes de nosotros mismos que jamás hubiéramos imaginado que existían. O puede que, como dice Wallace en What If, tan solo sea una justificación; que el amor sea una invención del hombre para excusar el comportamiento más egoísta de todos, es decir, el humano. Puede que ni siquiera exista como tal. No lo sé. Hoy, para mí, tan solo es una palabra más. Un término con el que referirme a una gran cantidad de cosas: momentos, experiencias, sensaciones, canciones, personas. Pero hoy no puedo hablar del amor con todas sus letras, no me sale, no creo. Y podría escribir una preciosa entrada acerca de lo maravilloso que sería vivir una historia a lo Wallace y Chantry, pero como he dicho al principio, tengo demasiadas cosas en la cabeza, y no puedo dejar de pensar que, si el amor mueve las cosas, mi vida está comenzando a intoxicarse con él.
 

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